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 *La María - Jorge Isaacs*

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Maryana
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MensajeTema: *La María - Jorge Isaacs*   Sáb Abr 19 2008, 16:57

Jorge Isaacs fue uno de los grandes escritores colombianos, nació en Cali, Colombia, en 1837, hijo de un judío inglés de Jamaica, y de madre criolla. Estudió en Bogotá.

Es el autor de la mejor novela romántica hispanoamericana del siglo XIX, "María", que fue publicada en 1867. Fue también excelente poeta. Y dirigió un periódico liberal en 1875.

Intervino en partidos políticos y luchas internas; primero desde una posición conservadora, luego como liberal.

Falleció en Ibagué en 1895.

Su obra está pletórica de sensibilidad, es ardiente e idealista, y plasma los sentimientos y posturas del romanticismo literario de la época. la naturaleza también está utilizada con el lirismo subjetivo propio de este movimiento artístico. Es el poeta y novelista del Valle del Cauca.

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"María" tiene como protagonista a Efraín, que viaja del Cauca a Bogotá para emprender sus estudios, dejando allí a su familia y a María, quien comienza a despertar un amor intenso en él. Luego se van desarrollando acontecimientos y circunstancias de la vida que llevan a la pérdida irreparable de su amada y al dolor sin consuelo.

A LOS HERMANOS DE EFRAÍN

He aquí, caros amigos míos, la historia de la adolescencia de aquel a quien tanto amasteis y que ya no existe. Mucho tiempo os he hecho esperar estas páginas. Después de escritas me han parecido pálidas e indignas de ser ofrecidas como un testimonio de mi gratitud y de mi afecto. Vosotros no ignoráis las palabras que pronunció aquella noche terrible, al poner en mis manos el libro de sus recuerdos: "Lo que ahí falta tú lo sabes: podrás leer hasta lo que mis lágrimas han borrado". ¡Dulce y triste misión! Leedlas, pues, y si suspendéis la lectura para llorar, ese llanto me probará que la he cumplido fielmente.

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MensajeTema: Re: *La María - Jorge Isaacs*   Sáb Abr 19 2008, 16:58

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A LOS HERMANOS DE EFRAÍN

He aquí, caros amigos míos, la historia de la adolescencia de aquel a quien tanto amasteis y que ya no existe. Mucho tiempo os he hecho esperar estas páginas. Después de escritas me han parecido pálidas e indignas de ser ofrecidas como un testimonio de mi gratitud y de mi afecto. Vosotros no ignoráis las palabras que pronunció aquella noche terrible, al poner en mis manos el libro de sus recuerdos: “Lo que ahí falta tú lo sabes: podrás leer hasta lo que mis lágrimas han borrado”. ¡Dulce y triste misión! Leedlas, pues, y si suspendéis la lectura para llorar, ese llanto me probará que la he cumplido fielmente.

I

Era yo niño aún cuando me alejaron de la casa paterna para que diera principio a mis estudios en el colegio del doctor Lorenzo María Lleras, establecido en Bogotá hacía pocos años, y famoso en toda la República por aquel tiempo.

En la noche víspera de mi viaje, después de la velada, entró a mi cuarto una de mis hermanas, y sin decirme una sola palabra cariñosa, porque los sollozos le embargaban la voz, cortó de mi cabeza unos cabellos: cuando salió, habían rodado por mi cuello algunas lágrimas suyas.

Me dormí llorando y experimenté como un vago presentimiento de muchos pesares que debía sufrir después. Esos cabellos quitados a una cabeza infantil; aquella precaución del amor contra la muerte delante de tanta vida, hicieron que durante el sueño vagase mi alma por todos los sitios donde había pasado, sin comprenderlo, las horas más felices de mi existencia.

A la mañana siguiente mi padre desató de mi cabeza, humedecida por tantas lágrimas, los brazos de mi madre. Mis hermanas al decirme sus adioses las enjugaron con besos. María esperó humildemente su turno, y balbuciendo su despedida, juntó su mejilla sonrosada a la mía, helada por la primera sensación de dolor.

Pocos momentos después seguía yo a mi padre, que ocultaba el rostro a mis miradas. Las pisadas de nuestros caballos en el sendero guijarroso ahogaban mis últimos sollozos. El rumor del Zabaletas, cuyas vegas quedaban a nuestra derecha, se aminoraba por instantes. Dábamos ya la vuelta a una de las colinas de la vereda, en las que solían divisarse desde la casa viajeros deseados; volví la vista hacia ella buscando uno de tantos seres queridos: María estaba bajo las enredaderas que adornaban las ventanas del aposento de mi madre.

II

Pasados seis años, los últimos días de un lujoso agosto me recibieron al regresar al nativo valle. Mi corazón rebosaba de amor patrio. Era ya la última jornada del viaje, y yo gozaba de la más perfumada mañana del verano. El cielo tenía un tinte azul pálido: hacia el oriente y sobre las crestas altísimas de las montañas, medio enlutadas aún, vagaban algunas nubecillas de oro, como las gasas del turbante de una bailarina esparcidas por un aliento amoroso. Hacia el sur flotaban las nieblas que durante la noche habían embozado los montes lejanos. Cruzaba planicies de verdes gramales, regadas por riachuelos cuyo paso me obstruían hermosas vacadas, que abandonaban sus sesteaderos para internarse en las lagunas o en sendas abovedadas por florecidos písamos e higuerones frondosos. Mis ojos se habían fijado con avidez en aquellos sitios medio ocultos al viajero por las copas de añosos guaduales; en aquellos cortijos donde había dejado gentes virtuosas y amigas. En tales momentos no habrían conmovido mi corazón las arias del piano de U... ¡Los perfumes que aspiraba eran tan gratos, comparados con el de los vestidos lujosos de ella, el canto de aquellas aves sin nombre tenía armonías tan dulces a mi corazón!

Estaba mudo ante tanta belleza, cuyo recuerdo había creído conservar en la memoria porque algunas de mis estrofas, admiradas por mis condiscípulos, tenían de ella pálidas tintas. Cuando en un salón de baile, inundado de luz, lleno de melodías voluptuosas, de aromas mil mezclados, de susurros de tantos ropajes de mujeres seductoras, encontramos aquella con quien hemos soñado a los dieciocho años y una mirada fugitiva suya quema nuestra frente, y su voz hace enmudecer por un instante toda otra voz para nosotros, y sus flores dejan tras sí esencias desconocidas; entonces caemos en una postración celestial: nuestra voz es impotente, nuestros oídos no escuchan ya la suya, nuestras miradas no pueden seguirla. Pero cuando, refrescada la mente, vuelve ella a la memoria horas después, nuestros labios murmuran en cantares su alabanza, y es esa mujer, es su acento, es su mirada, es su leve paso sobre las alfombras, lo que remeda aquel canto, que el mundo creerá ideal. Así el cielo, los horizontes, las pampas y las cumbres del Cauca hacen enmudecer a quien los contempla. Las grandes bellezas de la creación no pueden a un tiempo ser vistas y cantadas: es necesario que vuelvan al alma, empalidecidas por la memoria infiel.

Antes de ponerse el Sol, ya había yo visto blanquear sobre la sobre la falda de la montaña la casa de mis padres. Al acercarme a ella contaba con mirada ansiosa los grupos de sus sauces y naranjos, al través de los cuales vi cruzar poco después las luces que se repartían en las habitaciones.

Respiraba al fin aquel olor nunca olvidado del huerto que me vio formar. Las herraduras de mi caballo chispearon sobre el empedra­do del patio. Oí un grito indefinible; era la voz de mi madre: al estrecharme ella en los brazos y acercarme a su pecho, una sombra me cubrió los ojos: era el supremo placer que conmovía a una naturaleza virgen.

Cuando traté de reconocer en las mujeres que veía, a las hermanas que dejé niñas, María estaba en pie junto a mí, y velaban sus ojos anchos párpados orlados de largas pestañas. Fue su rostro el que se cubrió del más notable rubor cuando al rodar mi brazo de sus hombros rozó con su talle; y sus ojos estaban humedecidos, aún al sonreír a mi primera expresión afectuosa, como los de un niño cuyo llanto ha acallado una caricia materna.

III

A las ocho fuimos al comedor, que estaba pintorescamente situado en la parte oriental de la casa. Desde él se veían las crestas desnudas de las montañas sobre el fondo estrellado del cielo. Las auras del desierto pasaban por el jardín recogiendo aromas para venir a juguetear con los rosales que nos rodeaban. El viento voluble dejaba oír por instantes el rumor del río.

Aquella naturaleza parecía ostentar toda la hermosura de sus noches, como para recibir a un huésped amigo.

Mi padre ocupó la cabecera de la mesa y me hizo colocar a su derecha; mi madre se sentó a la izquierda, como de costumbre; mis hermanas y los niños se situaron indistintamente, y María quedó frente a mí.

Mi padre, encanecido durante mi ausencia, me dirigía miradas de satisfacción y sonreía con aquel su modo malicioso y dulce a un mismo tiempo, que no he visto nunca en otros labios. Mi madre hablaba poco, porque en esos momentos era más feliz que todos los que la rodeaban. Mis hermanas se empeñaban en hacerme probar las colaciones y cremas: y se sonrojaba aquella a quien yo dirigía una palabra lisonjera o una mirada examinadora.

María me ocultaba sus ojos tenazmente; pero pude admirar en ellos la brillantez y hermosura de los de las mujeres de su raza, en dos o tres veces que a su pesar se encontraron de lleno con los míos; sus labios rojos, húmedos y graciosamente imperativos, me mostraron sólo un instante el velado primor de su linda dentadura. Llevaba, como mis hermanas, la abundante cabellera castaño oscura arreglada en dos trenzas, sobre el nacimiento de una de las cuales se veía un clavel encarnado.

Vestía un traje de muselina ligera, casi azul, del cual sólo se descubría parte del corpiño y la falda, pues un pañolón de algodón fino, color de púrpura, le ocultaba el seno hasta la base de su garganta, de blancura mate. Al volver las trenzas a la espalda, de donde rodaban al inclinarse ella a servir, admiré el envés de sus brazos deliciosamente torneados, y sus manos cuidadas como las de una reina.

Concluida la cena, los esclavos levantaron los manteles; uno de ellos rezó el Padrenuestro, y sus amos completamos la oración.

La conversación se hizo entonces confidencial entre mis padres y yo.

María tomó en brazos al niño que dormía en su regazo, y mis hermanas la siguieron a los aposentos: ellas la amaban mucho y se disputaban su dulce afecto.

Ya en el salón, mi padre, para retirarse, les besó la frente a sus hijas. Quiso mi madre que yo viera el cuarto que se me había destinado. Mis hermanas y María, menos tímidas ya, querían observar qué efecto me causaba el esmero con que estaba adornado. El cuarto quedaba en el extremo del corredor del frente de la casa: su única ventana tenía por la parte de adentro la altura de una mesa cómoda; en aquel momento, estando abiertas las hojas y rejas, entraban por ella floridas ramas de rosales a acabar de engalanar la mesa, en donde un hermoso florero de porcelana azul contenía trabajosamente en su copa azucenas y lirios, claveles y campanillas moradas del río. Las cortinas del lecho eran de gasa blanca atadas a las columnas con cintas anchas color de rosa; y cerca de la cabecera, por una fineza materna, estaba la Dolorosa pequeña que me había servido para mis altares cuando era niño. Algunos mapas, asientos cómodos y un hermoso juego de baño completaban el ajuar.

—¡Qué bellas flores! —exclamé al ver todas las que del jardín y del florero cubrían la mesa.

—María recordaba cuánto te agradaban —observó mi madre.

Volví los ojos para darle las gracias, y los suyos como que se esforzaban en soportar aquella vez mi mirada.

—María —dije— va a guardármelas, porque son nocivas en la pieza donde se duerme.

—¿Es verdad? —respondió—; pues las repondré mañana.

¡Qué dulce era su acento!

—¿Tantas así hay?

—Muchísimas; se repondrán todos los días.

Después que mi madre me abrazó, Emma me tendió la mano, y María, abandonándome por un instante la suya, sonrió como en la infancia me sonreía: esa sonrisa hoyuelada era la de la niña de mis amores infantiles, sorprendida en el rostro de una virgen de Rafael.

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MensajeTema: Re: *La María - Jorge Isaacs*   Sáb Abr 19 2008, 16:59

IV

Dormí tranquilo, como cuando me adormecía en la niñez uno de los maravillosos cuentos del esclavo Pedro.

Soñé que María entraba a renovar las flores de mi mesa, y que al salir había rozado las cortinas de mi lecho con su falda de muselina vaporosa salpicada de florecillas azules.

Cuando desperté, las aves cantaban revoloteando en los follajes de los naranjos y pomarrosos, y los azahares llenaron mi estancia con su aroma tan luego como entreabrí la puerta.

La voz de María llegó entonces a mis oídos dulce y pura: era su voz de niña, pero más grave y lista ya para prestarse a todas las modulaciones de la ternura y de la pasión. ¡Ay! ¡Cuántas veces, en mis sueños, un eco de ese mismo acento ha llegado después a mi alma, y mis ojos han buscado en vano aquel huerto donde tan bella la vi en aquella mañana de agosto!

La niña cuyas inocentes caricias habían sido todas para mí, no sería ya la compañera de mis juegos; pero en las tardes doradas del verano estaría en los paseos a mi lado, en medio del grupo de mis hermanas; le ayudaría yo a cultivar sus flores predilectas; en las veladas oiría su voz, me mirarían sus ojos, nos separaría un solo paso.

Luego que me hube arreglado ligeramente los vestidos, abrí la ventana y divisé a María en una de las calles del jardín, acompañada de Emma: llevaba un traje más oscuro que el de la víspera, y el pañolón color de púrpura, enlazado a la cintura, le caía en forma de banda sobre la falda; su larga cabellera, dividida en dos crenchas, ocultábale a medias parte de la espalda y pecho: ella y mi hermana tenían descalzos los pies. Llevaba una vasija de porcelana poco más blanca que los brazos que la sostenían, la que iba llenando de rosas abiertas durante la noche, desechando por marchitas las menos húmedas y lozanas. Ella, riendo con su compañera, hundía las mejillas, más frescas que las rosas, en el tazón rebosante. Descubrióme Emma: María lo notó, y sin volverse hacia mí, cayó de rodillas para ocultarme sus pies, desatóse del talle el pañolón, y cubriéndose con él los hombros, fingía jugar con las flores. Las hijas núbiles de los patriarcas no fueron más hermosas en las alboradas en que recogían flores para sus altares.

Pasado el almuerzo, me llamó mi madre a su costurero.

Emma y María estaban bordando cerca de ella.

Volvió ésta a sonrojarse cuando me presenté; recordaba tal vez la sorpresa que involuntariamente le había yo dado en la mañana.

Mi madre quería verme y oírme sin cesar.

Emma, más insinuante ya, me preguntaba mil cosas de Bogotá; me exigía que le describiera bailes espléndidos, hermosos vestidos de señora que estuvieran en uso, las más bellas mujeres que figuraran entonces en la alta sociedad. Oían sin dejar sus labores. María me miraba algunas veces al descuido, o hacía por lo bajo observaciones a su compañera de asiento; y al ponerse en pie para acercarse a mi madre a consultar algo sobre el bordado, pude ver sus pies primorosamente calzados: su paso ligero y digno revelaba todo el orgullo, no abatido, de nuestra raza, y el seductivo recato de la virgen cristiana. Ilumináronsele los ojos cuando mi madre manifestó deseos de que yo diese a las muchachas algunas lecciones de gramática y geografía, materias en que no tenían sino muy escasas nociones. Convínose en que daríamos principio a las lecciones pasados seis u ocho días, durante los cuales podría yo graduar el estado de los conocimientos de cada una.

Horas después me avisaron que el baño estaba preparado, y fui a él. Un frondoso y corpulento naranjo, agobiado de frutos maduros, formaba pabellón sobre el ancho estanque de canteras bruñidas: sobrenadaban en el agua muchísimas rosas; semejábase a un baño oriental, y estaba perfumado con las flores que en la mañana había recogido María.

V

Habían pasado tres días cuando me convidó mi padre a visitar sus haciendas del valle, y fue preciso complacerlo; por otra parte, yo tenía interés real a favor de sus empresas. Mi madre se empeñó vivamente por nuestro pronto regreso. Mis hermanas se entristecieron. María no me suplicó, como ellas, que regresase en la misma semana; pero me seguía incesantemente con los ojos durante mis preparativos de viaje.

En mi ausencia, mi padre había mejorado sus propiedades notablemente: una costosa y bella fábrica de azúcar, muchas fanegadas de caña para abastecerla, extensas dehesas con ganado vacuno y caballar, buenos cebaderos y una lujosa casa de habitación, constituían lo más notable de sus haciendas de tierra caliente. Los esclavos, bien vestidos y contentos hasta donde es posible estarlo en la servidumbre, eran sumisos y afectuosos para con su amo. Hallé hombres a los que, niños poco antes, me habían enseñado a poner trampas a las chilacoas y guatines en la espesura de los bosques; sus padres y ellos volvieron a verme con inequívocas señales de placer. Solamente a Pedro, el buen amigo y fiel ayo, no debía encontrarlo: él había derramado lágrimas al colocarme sobre el caballo el día de mi partida para Bogotá, diciendo: “Amito mío, ya no te veré más”. El corazón le avisaba que moriría antes de mi regreso.

Pude notar que mi padre, sin dejar de ser amo, daba un trato cariñoso a sus esclavos, se mostraba celoso por la buena conducta de sus esposas y acariciaba a los niños.

Una tarde, ya a puestas del Sol, regresábamos de las labranzas a la fábrica mi padre, Higinio (el mayordomo) y yo. Ellos hablaban de trabajos hechos y por hacer; a mí me ocupaban cosas menos serias: pensaba en los días de mi infancia. El olor peculiar de los bosques recién derribados y el de las piñuelas en sazón: la greguería de los loros en los guaduales y guayabales vecinos; el tañido lejano del cuerno de algún pastor, repetido por los montes; las castrueras de los esclavos que volvían espaciosamente de las labores con las herramientas al hombro; los arreboles vistos al través de los cañaverales movedizos, todo me recordaba las tardes en que, abusando mis hermanas, María y yo de alguna licencia de mi madre, obtenida a fuerza de tenacidad, nos solazábamos recogiendo guayabas de nuestros árboles predilectos, sacando nidos de piñuelas, muchas veces con grave lesión de brazos y manos, y espiando polluelos de pericos en las cercas de los corrales.

Al encontrarnos con un grupo de esclavos, dijo mi padre a un joven negro de notable apostura:

—Conque, Bruno, ¿todo lo de tu matrimonio está arreglado para pasado mañana?

—Sí, mi amo —le respondió quitándose el sombrero de junco y apoyándose en el mango de su pala.

—¿Quiénes son los padrinos?

—Ña Dolores y ñor Anselmo, si su merced quiere.

—Bueno. Remigia y tú estaréis bien confesados. ¿Compraste todo lo que necesitas para ella y para ti con el dinero que mandé darte?

—Todo está ya, mi amo.

—¿Y nada más deseas?

—Su merced verá.

—El cuarto que te ha señalado Higinio, ¿es bueno?

—Sí, mi amo.

—¡Ah! ya sé. Lo que quieres es baile.

Rióse entonces Bruno, mostrando sus dientes de blancura deslumbrante, volviendo a mirar a sus compañeros.

—Justo es; te portas muy bien. Ya sabes —agregó, dirigiéndose a Higinio—: arregla eso, y que queden contentos.

—¿Y sus mercedes se van antes? —preguntó Bruno.

—No —le respondí—, nos damos por convidados.

En la madrugada del sábado próximo se casaron Bruno y Remigia. Esa noche, a las siete, montamos mi padre y yo para ir al baile, cuya música empezábamos a oír. Cuando llegamos, Julián, el esclavo capitán de la cuadrilla, salió a tomarnos el estribo y a recibir nuestros caballos. Estaba lujoso con su vestido de domingo y le pendía de la cintura el largo machete de guarnición plateada, insignia de su empleo. Una sala de nuestra antigua casa de habitación había sido desocupada de los enseres de labor que contenía, para hacer el baile en ella. Habíanla rodeado de tarimas; en una araña de madera suspendida en una de las vigas, daba vueltas media docena de luces; los músicos y cantores, mezcla de agregados, esclavos y manumisos, ocupaban una de las puertas. No había sino dos flautas de caña, un tambor improvisado, dos alfandoques y una pandereta; pero las finas voces de los negritos entonaban los bambucos con maestría tal; había en sus cantos tan sentida combinación de melancólicos, alegres y ligeros acordes; los versos que cantaban eran tan tiernamente sencillos, que el más culto dilettante hubiera escuchado en éxtasis aquella música semisalvaje. Penetramos en la sala con zamarros y sombreros. Bailaban en ese momento Remigia y Bruno; ella con follao de boleros azules, tumbadillo de flores rojas, camisa blanca bordada de negro y gargantilla y zarcillos de cristal color de rubí, danzaba con toda la gentileza y donaire que eran de esperarse de su talle cimbrador. Bruno, doblados sobre los hombros los paños de su ruana de hilo, calzón de vistosa manta, camisa blanca aplanchada y un cabiblanco nuevo a la cintura, zapateaba con destreza admirable.

Pasada aquella mano, que así llaman los campesinos a cada pieza de baile, tocaron los músicos su más hermoso bambuco, porque Julián les anunció que era para el amo. Remigia, animada por su marido y por el capitán, se resolvió al fin a bailar unos momentos con mi padre; pero entonces no se atrevía a levantar los ojos, y sus movimientos en la danza eran menos espontáneos. Al cabo de una hora nos retiramos.

Quedó mi padre satisfecho de mi atención durante la visita que hicimos a las haciendas; mas cuando le dije que en adelante deseaba participar de sus fatigas quedándome a su lado, me mani­festó, casi con pesar, que se veía en el caso de sacrificar a favor mío su bienestar, cumpliéndome la promesa que me tenía hecha de tiempo atrás de enviarme a Europa a concluir mis estudios de medicina, y que debía emprender viaje a más tardar dentro de cuatro meses. Al hablarme así, su fisonomía se revistió de una seriedad solemne sin afectación, que se notaba en él cuando tomaba resoluciones irrevocables. Esto pasaba la tarde en que regresábamos a la sierra. Empezaba a anochecer, y a no haber sido así, habría notado la emoción que su negativa me causaba. El resto del camino se hizo en silencio. ¡Cuán feliz hubiera yo vuelto a ver a María, si la noticia de ese viaje no se hubiese interpuesto desde aquel momento entre mis esperanzas y ella!

VI

¿Qué había pasado en aquellos cuatro días en el alma de María?

Iba ella a colocar una lámpara en una de las mesas del salón, cuando me acerqué a saludarla, y ya había extrañado no verla en medio del grupo de la familia en la gradería donde acabábamos de desmontarnos. El temblor de su mano expuso la lámpara, y yo le presté ayuda, menos tranquilo de lo que creía estarlo. Parecióme ligeramente pálida, y alrededor de sus ojos había una leve sombra, imperceptible para quien la hubiese visto sin mirarla. Volvió el rostro hacia mi madre, que hablaba en ese momento, evitando así que yo pudiera examinarlo bañado por la luz que teníamos cerca; noté entonces que en el nacimiento de una de las trenzas tenía un clavel marchito; y era sin duda el que le había yo dado la víspera de mi marcha para el valle. La crucecilla de coral esmaltada que había traído para ella, igual a la de mis hermanas, la llevaba al cuello pendiente de un cordón de pelo negro. Estuvo silenciosa, sentada en medio de las butacas que ocupábamos mi madre y yo. Como la resolución de mi padre sobre mi viaje no se apartaba de mi memoria, debí de parecerle a ella triste, pues me dijo en voz casi baja:

—¿Te ha hecho daño el viaje?

—No, María —le contesté—; pero nos hemos asoleado y hemos andado tanto...

Iba a decirle algo más, pero el acento confidencial de su voz, la luz nueva para mí que sorprendí en sus ojos, me impidieron hacer otra cosa que mirarla, hasta que, notando que se avergonzaba de la involuntaria fijeza de mis miradas, y encontrándome examinado por una de mi padre (más terrible cuando cierta sonrisa pasajera vagaba en sus labios), salí del salón con dirección a mi cuarto.

Cerré las puertas. Allí estaban las flores recogidas por ella para mí; las ajé con mis besos; quise aspirar de una vez todos sus aromas, buscando en ellos los de los vestidos de María; bañélas con mis lágrimas... ¡Ah, los que no habéis llorado de felicidad así, llorad de desesperación, si ha pasado vuestra adolescencia, porque así tampoco volveréis a amar ya!

¡Primer amor!... Noble orgullo de sentirnos amados: sacrificio dulce de todo lo que antes nos era caro a favor de la mujer querida; felicidad que comprada para un día con las lágrimas de toda una existencia, recibiríamos como un don de Dios; perfume para todas las horas del porvenir; luz inextinguible del pasado; flor guardada en el alma y que no es dado marchitar a los desengaños; único tesoro que no puede arrebatarnos la envidia de los hombres; delirio delicioso... inspiración del Cielo... ¡María! ¡María! ¡Cuánto te amé! ¡Cuánto te amara!

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MensajeTema: Re: *La María - Jorge Isaacs*   Sáb Abr 19 2008, 17:00

En fin En La María, escrito por Jorge Isaacs, Efraín y María son víctimas de la fatalidad; no tienen el control de sus destinos. Por eso, el amor y la felicidad son imposibles. A causa de los deseos de su padre, Efraín tiene que estudiar en Londres por cinco años, después de que se permita casarse con María. A la vez, se puede decir que María está condenada a morir a causa de la enfermedad hereda de su madre. Aunque pueden vencer los dos sobre algunas barreras humanas, la muerte ultimadamente representa un obstáculo invencible. Sin embargo, la tragedia que concluye la novela no es una sorpresa. De hecho, un análisis de la acción y el diálogo muestra que la imposibilidad de amor está anunciada desde el principio. Entre otros ejemplos, se puede ver que el amor es imposible en la historia de Nay y Sinar, dos amantes africanos que se separan a causa de la esclavitud. Además, hay teorías basadas en el movimiento romanticismo que se tratan de explicar porque el amor entre Efraín y María no puede sobrevivir.

Las primeras palabras de la novela establecen la realidad que Efraín no tiene el control de su destino: “Era yo niño aún cuando me alejaron de la casa paternal para que diera principio a mis estudios en el colegio del doctor Lorenzo María Lleras” (53). En primer lugar, la estructura narrativa- “Era yo niño…”- sirve para separar Efraín y la acción, aunque es narrador. Además, las palabras, “me alejaron de la casa paternal,” indica que su futuro está decidido por los deseos de los demás (particularmente, por su padre).

Ante todo, se puede ver Efraín como esclavo de los deseos de su padre. En toda la historia, las acciones del padre de Efraín establecen un poder insuperable. Este crea un ambiente paternalista en la sociedad y, también, la familia. Según Radolfo Borello, “el padre no es solamente la autoridad; encarna, además, los intereses de la familia, la voluntad de Dios, el Destino.” El ejemplo más obvio del control del padre sobre Efraín es el contrato que se establece que prohíbe a Efraín pedir la mano de María sino que vaya a Londres para cinco años para estudiar medicina. Aunque Efraín está enamorado de María y no quiere que vaya, no puede oponerse los mandatos de su padre. Hay varias veces en la acción que muestran que el padre tiene el control de lo que hace Efraín. Otro ejemplo menos obvio muestra el poder absoluto del padre: “mi padre dictaba y yo escribía” (163). Mientras tanto, ordena a María cortar su pelo. En esta escena, tiene ambos Efraín y María a su disposición.

Por añadidura, hay otros factores que indican que Efraín está controlado por la fatalidad. Por ejemplo, se puede decir que Efraín es una víctima de la suerte mala. El ejemplo más evidente de la fortuna mala de Efraín ocurre cuando recibe una carta que dice que “no podría emprender su viaje a Europa sino pasados cuatro meses” (207). Sin embargo, se destruye su alegría cuando lee una segunda carta:



“<>” (207)



Aquí, como en toda la novela, Efraín acepta su fortuna mala como inevitable. Según él, “Golpes de fortuna hay que se sufren en la juventud con indiferencia, sin pronunciar una queja” (177).

María, como Efraín, es también una víctima de la fatalidad y, efectivamente, no puede controlar su destino. Aunque María es un personaje que parece independiente y dinámica- diferente que Efraín, a quien se caracteriza como totalmente sumiso- ella está condenada a morir a causa de la misma enfermedad que mató a su madre. Parece que María ha cortado las conexiones con su herencia judía, pero la realidad es que la enfermedad le recuerda que el judaísmo es una barrera invencible en el contexto de donde ocurre la acción. Esta paradoja contribuye a la ironía fundamental que está presente por toda la acción y la imposibilidad de amor.

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MensajeTema: Re: *La María - Jorge Isaacs*   Sáb Abr 19 2008, 17:01

En toda la novela, se caracteriza a María como un personaje dinámico quien se integra en la familia de don Jorge y, también, la sociedad colombiana sin problemas. Se ve este en el episodio en que se montan los caballos para ir a la boda de Tránsito y Braulio (capítulo XXXV). En esta escena, María ya no tiene miedo del caballo y se monta con habilidad. Además, se nota la manera en que María habla castellano en muchas ocasiones y como ha mejorado desde su llegada a Colombia.

Aunque se caracteriza a María así, la realidad es que ella todavía está condenada por su herencia judía. María era hija de Sara y Salomón, primo de don Jorge. Cuando se muere Sara de epilepsia, Salomón le da la hija a don Jorge para criarla y educarla. Le mandó: “cuando llegues a la primera costa donde se halle un sacerdote católico, hazla bautizar y que le cambien el nombre de Ester en el de María.” Le añade: “no lo digas a nuestras parientes” (66). La conversión al catolicismo representa la esperanza de ser aceptado en una vida mejor.

Aunque renuncia la religión judaica y cambia de nombre, la epilepsia muestra la imposibilidad de María de escapar su herencia. A causa de este, se puede decir que María no puede controlar su destino. Está enamorado de Efraín, pero, a pesar de todo lo hacen, va a morir eventualmente por su enfermedad terminal. Además, a causa de tener una enfermedad hereditaria, no puede tener hijos sin darlos la misma sufrimiento. En este sentido, la enfermedad contamina la familia de Efraín como la única esfuerza destructivo en toda la novela.

A pesar de todo, aunque es cierto que la enfermedad de María es la causa primaria de la tragedia final, no está totalmente claro como funciona como parte del tema central de la novela. Es evidente que la enfermedad representa la herencia que, efectivamente, no se puede renunciar, pero no es sabido porque causa la destrucción del mundo de Efraín y María: en toda la acción, no hay conflictos raciales, religiosos, ni entre clases sociales. Cuando ultimadamente se muere María, no es sabido si la enfermedad simboliza un castigo por su conversión al cristianismo o representa la impuridad de su judaísmo heredado.

Algunas intelectuales han atribuido la asociación entre el judaísmo y el amor imposible a los elementos autobiográficos de la novela. Como Efraín, el padre de Jorge Isaacs era judío. Es posible que las dificultades que había encontrado Isaacs en su vida en Colombia estén expresadas mejor en María. En otras palabras, Isaacs exagera las dificultades de ser judía en Colombia que había encontrado en su vida con el destino desastroso que encuentra Efraín y María.

En general, se puede decir que María y Efraín, a causa de factores distintos, son víctimas de la fatalidad: sus intentos de estar juntos inútiles crean ironía por toda la novela (porque ultimadamente no es posible lograr). Además de estar condenados por razones diferentes, sin embargo, la muerte de María y la imposibilidad de amor están anunciadas en otras maneras desde el principio. La historia de Nay y Sinar es un ejemplo muy bueno que muestra que las relaciones entre Efraín y María ultimadamente no pueden sobrevivir. También, se ve muchos ejemplos en el diálogo entre los personajes que prefiguran los destinos de los protagonistas.

Aunque la función exacta del episodio entre Nay y Sinar no es muy establecida, es cierto que la acción es muy similar a lo que ocurre entre María y Efraín. Nay, nombre africano de Feliciana, era hija de de Magmahú, líder de la tribu Achantis. Ella se enamoró de Sinar, príncipe de otra tribu, quien había capturado por los Achantis. Un día, Magmahú decidió sacrificar a Sinar a los dioses, pero Nay lo salvó. Finalmente, Magmahú aceptó Sinar como novio de Nay. Se fueron para otro país donde conocieron a un misionario francés y Nay y Sinar se convirtieron al cristianismo. Eventualmente, se casaron los dos. Durante la noche de fiestas, fueron atacados por una tribu enemiga y Nay y Sinar fueron capturados y vendidos como esclavos. Los dos se separan y nunca vuelven a verse. Nay, quien luego cambió de nombre a Feliciana, fue comprado por el padre de Efraín, quien restituye su libertad y la crió como parte de su familia.

La acción de la historia de Feliciana es muy similar a lo que ocurre entre María y Efraín y, en una manera, sirve para anunciar el destino malo que encuentren los protagonistas. Analizados juntos, las dos historias muestran que el amor puede existir inicialmente entre dos personas de raza, religión, o esfera social diferente. Sinar es de una tribu diferente que Nay y, luego, es esclavo de su familia. De un modo parecido, María tiene ascendencia judaísmo y también es de otro país (Jamaica). Como Nay y Sinar, los dos se enamoran y, después de un rato (cuando los padres desaprueban las relaciones), el padre de Efraín acepta María como novia de Efraín.

Pero, la historia de Nay y Sinar también muestra que el amor entre gente de raza, religión, o clase social no puede sobrevivir. La conversión a catolicismo de María es semejante a la conversión al cristianismo que hace Nay y Sinar: los dos representan intentos inútiles de asimilarse. Las conclusiones de las dos historias indican que estos cambios no sirven para nada en el diseño divino: a pesar de todo, Nay y Sinar se separan a causa de una esfuerza fuera de su control. A la vez, María se muere a causa de la misma enfermedad hereditaria que mató a su madre. Sin duda, hay cierta parecida entre la historia de Feliciana y la acción central de María. Esta semejanza ayuda a anunciar la conclusión trágica de la novela.

Otro aspecto importante de la historia de Nay y Sinar es el lugar que ocupa en la estructura de la novela; Efraín cuenta esta historia inmediatamente después de dos episodios de fuerte carga emotiva en la acción (McGrady). Primero, la historia sigue la enfermedad de don Jorge, padre de Efraín. Este sirve para introducir el tema de la muerte y, en un sentido, anunciar la muerte de María. Segundo, Efraín cuenta la historia seguidamente después de recibir las cartas que le informan que tiene que ir a Europa de pronto. Esta también ayuda a enfatizar la relevancia de la historia al tema de la imposibilidad de amor entre Efraín y María: introduce el último rato de separación entre los dos amantes.

Otro aspecto de la historia de Feliciana que hay que considerar es que ella se muere dentro de poco tiempo que Efraín la cuenta. Su muerte añade otro elemento a la anuncia de la muerte de María.

Hay, también, otras interpretaciones sobre el tema de la imposibilidad del amor en María. Por ejemplo, muchas explicaciones observan las características románticas de la novela y los utilizan para exponer como y porque el amor y la felicidad son imposibles para lograr María y Efraín. Estas interpretaciones mantengan que no es las imperfecciones de los protagonistas que bloqueen su amor, sino que sean perfectos. En otras palabras, María y Efraín no pueden estar juntos a causa de su elevado nivel social.

En la mente romántica, el sufrimiento y la desgracia suponían una forma de distinción positiva. También, se aprecia mucha la belleza de la naturaleza, las costumbres y la tradición, y el exótico. En este sentido, Rodolfo Borello intenta a explicar como funciona el romanticismo en María:



“Los episodios costumbristas describen la vitalidad y el dinamismo de la naturaleza virgen; corresponden a lo primitivo, a lo indiferenciado y biológico, a la tierra. Los de arriba, María y Efraín, son el otro polo, el cielo, lo civilizado y perfecto, lo angélico.”



La familia de Efraín corresponde a clase alta y, por eso, representan motivos impuros. Por ejemplo, don Jorge está consumido por su dinero: problemas con una deuda casi causa su muerte. Además, Efraín tiene ambición de ser médico. En general, la familia tiene motivos materiales. Otro ejemplo muy importante que muestra como la familia de Efraín no representa ideales románticas es cuando ellos van de caza. Esto indica que no tienen respeto para la belleza de la naturaleza; en cambio, quieren derrotarla.

En contraste, se ve la posibilidad de amor y su relación con el romanticismo en los personajes que ultimadamente logran la felicidad a través del amor. Primero, se ve Bruno y Remigia, los dos esclavos de don Jorge que se casan al principio de la novela. Además, Tránsito y Braulio se casan y Salomé y Tiburcio ciertamente tienen un futuro amoroso. Se puede ver que es la gente de la esfera social baja que realiza el amor con éxito. Según María Embeita, “La servidumbre de negros representa la sociedad no corrompida por la civilización.” A la mente romántica, le importa la vida simple, las costumbres, y la naturaleza; los personajes que se asocian con estas cosas son los que logran el amor.

A la otra mano, para Efraín y María, las dos protagonistas de clase alta, el amor es imposible. Es importante notar aquí el papel de María y su lugar en la sociedad colombiana. María es de Jamaica: por eso, es negra. También, siempre se asocia a ella con las descripciones bellas de la naturaleza:



“María dejó entonces caer el velillo sobre su rostro, y al través de la inquieta gas de color de cielo, buscaba algunas veces mis ojos con los suyos, ante los cuales todo el esplendor de la naturaleza que nos rodeaba me era casi indiferente” (188).



Por lo tanto, María está caracterizado semejante a las ideales de el pensamiento romántico. Con todo, es su nivel alto de clase que bloquea su felicidad. Según Borello:



“la más deseable forma de existencia era la del amor no realizado, la de tragedia. María es infeliz porque eso representaba un valor máximo. . . . María muere porque el mundo en que vive es inhabitable para ella.”


En resumen, se puede ver María como una novela en que los destinos de los protagonistas, Efraín y María, son predeterminados. La inhabilidad de controlar sus destinos se manifiesta en la imposibilidad de amor para los dos. Sin embargo, la conclusión trágica de la acción no es una sorpresa: está anunciada por una serie de episodios y diálogos. Además, las aspectos románticos de la novela ofrecen otra perspectiva de como y porque amor entre María y Efraín no es posible.

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MensajeTema: Re: *La María - Jorge Isaacs*   Sáb Abr 19 2008, 17:01

Fuentes Primarios:


Isaacs, Jorge. María (1867). Madrid: Cátedra, 2001


Fuentes Secundarios:


Borello, Rodolfo A. “Sociedad y Paternalismo en María.” Cuadernos Hispanoamericanos 562 (1997 Apr): 67-79.



Brown, Donald F. “Chateaubriand and the Store of Feliciana in Jorge Isaacs’ María.” Modern Language Notes 62:5 (1947 May): 326-329.



Cantavella, Juan. “Miradas y Lágrimas en María de Jorge Isaacs.” Cuadernos Hispanoamericanos: Revista Mensual de Cultura Hispánica 552 (1996 June): 93-99.

Embeita, Maria J. “El Tema de Amor Imposible en María de Jorge Isaacs.” Revista Iberoamericana 32 (1966): 109-112.

McGrady, Donald. “Función del eisodio de Nay y Sinar en María, de Isaacs.” Nueva Revista de Filología Hispánica 18 (1965-1966): 171-176.

Rosenburg, John. “From Sentimentalism to Romanticism: Re-reading María.” The Latin American Literary Review XXII:43 (1994 January-June): 5-18.

Sommer, Doris. Foundational Fictions. Berkely: U of California P, 1991.

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MensajeTema: Re: *La María - Jorge Isaacs*   Dom Abr 20 2008, 04:06

Hola...

María es uno de mis textos de adolescente favoritos de esas primeras novelas que lei y jamas olvide, tengo muy impregnada la escena donde el corta sus trenzas cuando ella muere para guardarlas, son imagenes de esa novela que nunca olvide, es hermosa, un texto literario que recuerdo con mucho cariño por ser una de esas obras que empezo a despertar en mi, el amor a la lectura...

Cariños

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MensajeTema: Re: *La María - Jorge Isaacs*   Jue Jun 12 2008, 23:08

Karyanna escribió:
Hola...

María es uno de mis textos de adolescente favoritos de esas primeras novelas que lei y jamas olvide, tengo muy impregnada la escena donde el corta sus trenzas cuando ella muere para guardarlas, son imagenes de esa novela que nunca olvide, es hermosa, un texto literario que recuerdo con mucho cariño por ser una de esas obras que empezo a despertar en mi, el amor a la lectura...

Cariños

Karyanna

Así es mi damita es un libro
verdaderamente bello que te
lleva por esos inospitos lugares
magicamente descritos, gracias
por este bello comentario aá
Dios te bendiga siempre

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